martes, 22 de agosto de 2006

Fue un 21 de agosto


Una llovizna fría me hizo de compañía en el camino hasta llegar a vos. Mientras íbamos rumbo a algún lugar en compañía de amigos, el arco iris se clavó en el cielo, ante nuestros ansiosos ojos. Inquietos buscábamos observarlo durante el trayecto...
¡Cómo mi corazón puede acelerarse rápidamente tan sólo de sentir que tus pasos van a mi lado!
Una vez que cayó la noche y que nos encontrábamos sólo vos y yo, caminamos bajo la luna, en medio de nocturnos instantes fríos, brisas suaves de viento que helaban mis manos. Sonrisas, humor, recuerdos, anécdotas, actuaban como vínculo para conseguir unir nuestras miradas, sentir que nuestras almas ya estaban descubriéndose.
El día finalizaba. La noche ya nos había abrazado por un largo lapso. Un nuevo día estaba naciendo. Sorpresivamente tus palabras anudaron mágicamente mi garganta, sentenciaron mi corazón a que tu alma sea el motivo por el que latir. Pero ahora éramos nosotros quienes se unían en un abrazo.
Sentir tus brazos rodeando mi espalda, saber que tu alegría es sincera, que este es el comienzo del futuro venidero destinado a continuar unidos de la mano.
Saborear un beso de bienvenida, el anunciante del inicio de este amor que parecerá eterno mientras estés a mi lado.
Saber que te estoy queriendo, que estás aquí, que nuestras almas ya se encontraron, cambia mi vida, mi espacio. Transforma mi universo, porque ahora mi universo lleva tu nombre.

Esperaré ansiosa tantos otros 21 de agosto a tu lado y saber que estás y que nuestro amor perdura.

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