jueves, 17 de agosto de 2006

¿Qué hacía Galeano acá?

El siguiente texto lo escribí el pasado 5 de julio...

¿Qué? Ya sé. Nadie me cree que me haya encontrado con Galeano... Les cuento cómo sucedió todo para evacuar dudas. Yo me encontraba en el hall de mi edificio, me parece. De repente veo que un hombre mayor, de ojos claros, pelo bastante canoso, se dirige a tocar timbre en el portero eléctrico. Cuando miro bien, era él: el mismísimo Eduardo Galeano. No lo podía ceer. Me invadieron los nervios, no me salían las palabras, pero alcancé a decirle:
- Emm... ¿me firmarías un papelito?
¡Ja! fue un intento de decir "¿me darías un autógrafo?". Pero la situación, los nervios, la emoción, en fin, todo se conjugaba para que mis palabras fuesen muy limitadas.
Subí a mi apartamento, bajé nuevamente... para mala fortuna (no sé cuál fue la razón) sólo había encontrado un diario para utilizar como soporte para que Galeano me pusiera su firma. A él no le pareció mal. Comenzó a leerlo en forma muy superficial.
- ¿Me firmás con una dedicatoria? (le dije)
- Sí... pero ¿qué querés que te escriba, Ana Karina?
- No sé... lo que te salga. Cualquier cosa. Inspirate.
Yo me pregunto, ¿quién soy yo para decirle a un escritor como Galeano "inspirate"? Por Dios, realmente estaba afectada. De todos modos, no pensé que fuera a escribirme lo que me escribió... dobló el diario en varias partes, dándole forma como de un águila, con sus alas extendidas. Le dibujó el pico, los ojos bien abiertos y en su cabeza puso su firma. Mi cara demostraba una alegría sumamente grande. No podía creerlo aún. Antes de que Galeano se fuera le hice un último pedido. Quería que me autografiara los libros que tengo suyos. Me preguntó si iba a demorar demasiado en ir a buscarlos, pero le dije que regresaría en un segundo. Y así fue. Pero a mi regreso, cometí un error no muy adecuado para el momento. Había traído un libro (creyendo que era "El libro de los abrazos") pero resultó ser que no era el que yo creía, sino que era de otro autor. Me habrán subido todos los colores en el rostro, ya puedo imaginarme. Pero, para la tranquilidad de ambos, también había bajado conmigo "Las venas abiertas de América Latina"...
Galeano lo hojeó. Miró algunas hojas... firmó en la parte superior al título que se encontraba en la primera. Hasta que repentinamente... escuché el sonido de un celular. Un telefonito de esos estaba sonando, con un timbre bastante simpático. ¡Ufff! era el despertador. La alarma ya estaba sonando y era hora de despertarme. Abrí mis ojos, me desperté. Reaccioné, cual ebrio tras resaca. Todo había sido un sueño. Me había encontrado con Galeano, pero no cara a cara. Quizás algún día me lo encuentre (no en mi casa, claro) y esa situación ya no sea solo parte de mi imaginación mientras duermo profundamente.

Ana Stelmack




Profesión de fe (Eduardo Galeano)
Sí, sí, por lastimado y jodido que uno esté, siempre puede uno encontrar contemporáneos en cualquier lugar del tiempo y compatriotas en cualquier lugar del mundo. Y cada vez que eso ocurre, y mientras eso dura, uno tiene la suerte de sentir que es algo en la infinita soledad del universo: algo más que una ridícula mota de polvo, algo más que un fugaz momentito.

1 Comment:

  1. AlbitaJofili said...
    =P
    Que bueno sería que no fuera un sueño esas ocasiones en las que imaginamos encontrarnos con personas así ¿verdad?
    Saludos y muy bueno el texto

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